
¿Tiene sentido temer que el Sol se apague de un momento a otro?
Desde un punto de vista físico, la respuesta es clara: no, el Sol no puede apagarse de repente. Ni puede explotar mañana, ni convertirse espontáneamente en agujero negro, ni “desconectarse” como una lámpara.
El motivo es doble:
- Sabemos de qué tipo de estrella se trata: una enana amarilla de masa intermedia, muy bien estudiada y comparable a millones de estrellas similares en la Vía Láctea.
- Conocemos con bastante precisión en qué fase de su vida está: aproximadamente a la mitad de su existencia estable, con combustible de sobra para miles de millones de años.
La física que gobierna la vida del Sol —la fusión nuclear y el equilibrio gravitatorio— no admite sorpresas súbitas a escala humana. Los cambios drásticos que sí se esperan ocurrirán en plazos de cientos o miles de millones de años, no en décadas ni siglos.
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En el corazón del Sol, a unos 15 millones de grados, la fusión nuclear convierte hidrógeno en helio. Cada segundo:
- se fusionan aproximadamente 600 millones de toneladas de hidrógeno,
- de las que unas 4 millones de toneladas se transforman en energía (según la famosa ecuación de Einstein, E = mc²).
Esta energía viaja desde el núcleo hasta la superficie solar durante decenas de miles de años, rebotando, absorbiéndose y reemitiéndose, hasta salir finalmente al espacio en forma de luz y calor.
La clave de su estabilidad es el equilibrio hidrostático:
- la gravedad intenta comprimir la estrella hacia dentro;
- la presión de la radiación y del gas caliente empuja hacia fuera.
Mientras haya hidrógeno suficiente en el núcleo, ese equilibrio se mantiene. No hay un mecanismo físico razonable que permita que este balance colapse de golpe en cuestión de segundos o días.
En qué punto de su vida está el Sol
Las estimaciones actuales sitúan la edad del Sol en torno a 4.600 millones de años. Los modelos de evolución estelar indican que:
- su vida total en la “secuencia principal” (la fase estable actual) será de unos 10.000 millones de años;
- es decir, está aproximadamente a la mitad de su vida estable.
En los próximos 4.000–5.000 millones de años se espera:
- un aumento muy gradual de la luminosidad (el Sol será cerca de un 10 % más brillante en unos mil millones de años);
- cambios lentos en su estructura interna, pero sin saltos bruscos.
Solo cuando agote el hidrógeno del núcleo, el Sol iniciará una metamorfosis hacia gigante roja, un proceso largo y relativamente bien descrito por la teoría, no un suceso repentino.
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¿Puede el Sol explotar como una supernova?
Este es uno de los malentendidos más frecuentes. Para explotar como una supernova de tipo II, una estrella debe tener:
- más de 8 veces la masa del Sol,
- suficiente gravedad interna como para colapsar catastróficamente su núcleo.
El Sol tiene una masa muy por debajo de ese umbral. Su final será menos espectacular:
- Se transformará en gigante roja.
- Expulsará parte de sus capas externas, que formarán una nebulosa planetaria.
- El núcleo remanente quedará como enana blanca, un objeto muy denso, caliente al principio y luego en lento enfriamiento.
En ninguno de esos pasos hay explosiones comparables a una supernova ni nada parecido a un “apagón instantáneo”.
¿Y si el Sol se convirtiera en un agujero negro?
Otra imagen popular del apocalipsis cósmico es la del Sol transformado en agujero negro, devorando planetas y distorsionando el Sistema Solar. De nuevo, la física lo descarta:
- la masa del Sol es demasiado pequeña para seguir la ruta evolutiva que lleva a un agujero negro estelar;
- incluso en los escenarios extremos de colapso, el resultado máximo para una estrella como la nuestra sería una enana blanca, no un agujero negro.
Además, aunque —hipotéticamente— el Sol se convirtiera en un agujero negro manteniendo su masa actual, la gravedad a la distancia de la Tierra sería prácticamente la misma.
La órbita terrestre no se vería arrastrada hacia el centro; simplemente dejaríamos de recibir luz y calor.
Pero ese escenario no es físicamente accesible para nuestro Sol. Pertenece al terreno de los ejercicios teóricos, no al de los riesgos reales.
Un experimento mental: ¿qué pasaría si el Sol desapareciera de golpe?
Imaginemos, a modo de ficción física, que un día el Sol se desintegra o se “apaga” de inmediato. ¿Qué notaríamos en la Tierra?

- Durante unos 8 minutos y 20 segundos, nada. Esa es la distancia en tiempo que recorre la luz desde el Sol hasta nuestro planeta. Hasta que los últimos fotones y la última “onda” gravitatoria llegaran, todo seguiría como siempre.
- Pasado ese tiempo, el cielo se oscurecería en todo el planeta, no habría amaneceres ni atardeceres, y la temperatura empezaría a caer de manera drástica.
- Sin la gravedad solar, la Tierra abandonaría su órbita y seguiría en línea recta por el espacio, según la inercia que tenía en el momento de la desaparición del Sol.
En pocos días, la superficie terrestre se sumiría en temperaturas muy por debajo de cero; en cuestión de semanas o meses, casi toda el agua superficial se congelaría.
Solo algunas comunidades de organismos, como las que viven alrededor de fuentes hidrotermales en el fondo marino, podrían seguir existiendo durante más tiempo gracias al calor interno de la Tierra.
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Este “apagón instantáneo” ilustra nuestra dependencia absoluta de la estrella, pero no es un escenario plausible según ninguna teoría astrofísica moderna.
¿Existen formas más realistas de “apocalipsis solar”?
Si nos centramos en escalas humanas, históricas o incluso geológicas, el riesgo de un fin súbito causado por el Sol es extremadamente bajo. Sin embargo, sí hay procesos solares que pueden tener impactos profundos:

Tormentas solares extremas: el Sol lanza continuamente partículas cargadas y campos magnéticos hacia el espacio: es el viento solar. Ocasionalmente, se producen eyecciones de masa coronal y llamaradas solares que pueden:
- dañar satélites y sistemas de navegación;
- inducir corrientes en redes eléctricas, provocando apagones masivos;
- interferir en las comunicaciones de alta frecuencia y en la aviación de gran altitud.
El llamado Evento Carrington de 1859 produjo auroras visibles cerca del ecuador y fallos en las líneas telegráficas. Un evento similar hoy afectaría a la infraestructura eléctrica y de comunicaciones en América, Europa, Asia y otras regiones densamente conectadas.
Los modelos más conservadores bautizan estos episodios como “apocalipsis digitales”: no destruyen el planeta, pero sí podrían paralizar temporalmente buena parte de la vida económica y social.
Otro escenario es el calentamiento a largo plazo. A escala de cientos de millones de años, el aumento gradual de la luminosidad solar podría hacer que la Tierra entre en un estado de efecto invernadero descontrolado:
- evaporación de océanos,
- pérdida progresiva de agua al espacio,
- temperaturas superficiales incompatibles con la vida compleja.
Este es un escenario de “fin del mundo” cósmico, pero extremadamente lejano comparado con nuestros desafíos inmediatos, como el cambio climático de origen humano, que opera en escalas de décadas y siglos.
Monitoreo constante: cómo vigilamos al Sol en tiempo real
Lejos de estar a merced de una estrella impredecible, la humanidad ha desplegado una red global de observación solar.
Entre las misiones clave destacan:
- SOHO (ESA/NASA), que desde 1995 vigila continuo el Sol desde el punto L1 entre la Tierra y nuestra estrella.
- Parker Solar Probe (NASA), una sonda que se está acercando progresivamente a la corona solar para estudiar el origen del viento solar y las erupciones.
- Solar Orbiter (ESA/NASA), que ofrece imágenes de alta resolución y mediciones in situ del entorno solar.
A esto se suman observatorios solares en la superficie terrestre, distribuidos en Norteamérica, Europa, Asia, África y América Latina, así como redes de radiotelescopios y magnetómetros que detectan variaciones en tiempo casi real.
El objetivo no es evitar los fenómenos solares —no podemos modificar el Sol—, sino anticipar sus efectos en la Tierra: emitir alertas tempranas para la aviación, reconfigurar satélites, desconectar transformadores críticos y minimizar daños en infraestructuras eléctricas y de comunicación.
¿En qué sentido el “mayor apocalipsis posible” no depende del Sol?
Paradójicamente, la amenaza más inmediata para la habitabilidad de la Tierra no es el Sol, sino nuestra propia actividad:
- la quema masiva de combustibles fósiles altera el balance energético del planeta en una escala de tiempo muy corta,
- la degradación ecosistémica reduce la resiliencia frente a cambios climáticos y ambientales.
En otras palabras, un calentamiento global descontrolado de origen humano puede alterar de forma drástica el clima en décadas, mientras que cambios equivalentes asociados a la evolución natural del Sol se esperan en cientos de millones de años.
Alba Acosta
Fuente de esta noticia: https://www.abc.com.py/ciencia/2026/01/01/podria-el-sol-apagarse-de-repente-lo-que-la-fisica-realmente-permite/
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