

El acuerdo UE-Mercosur es una de esas decisiones que definen siglos, no mandatos. Y, sin embargo, en Europa seguimos actuando como si el mundo nos esperara. Mientras desplegamos nuevas estrategias de “seguridad económica”, levantamos auditorías, salvaguardias y parapetos normativos, las placas tectónicas de la geopolítica se mueven con brutal velocidad bajo nuestros pies.
Nos preocupa la vulnerabilidad estratégica, pero respondemos con normas y procedimientos complejos. Nos preocupa no depender de otros, pero nos falta audacia para conseguir alianzas estables y fiables a nivel global. Especialmente, al vernos obligados a cambiar nuestros socios estratégicos tradicionales, véase EEUU. Con todo, somos expertos en construir reglas mientras otros construyen poder.
La UE presume de proteger su mercado interior, pero ¿de qué sirve blindar una fortaleza si los aliados se marchan por aburrimiento y los rivales ocupan el terreno vacío? Esa es la paradoja: cuanto más endurecemos el acuerdo con Mercosur, más alimentamos la irrelevancia que decimos querer evitar.
Porque, mientras nosotros establecemos nuevas salvaguardas para proteger a los agricultores, especialmente por demanda de los franceses, Estados Unidos firma acuerdos bilaterales con Argentina sin pestañear. China amarra cadenas de suministro estratégicas, minerales críticos y lealtades políticas a una velocidad que nos deja boquiabiertos. Ninguno de ellos necesita manuales de 500 páginas. Les basta una brújula estratégica y la convicción de actuar antes de que sea tarde.
Nosotros, en cambio, tenemos miedo de nuestra propia sombra agrícola, de nuestros fantasmas proteccionistas, de nuestros equilibrios internos. Pero la realidad es más dura que cualquier votación en el Parlamento Europeo: si Europa no ocupa un espacio en América Latina, otros lo harán. Y de hecho, lo están haciendo.
Mercosur no es el adversario. Es el socio que puede aportar lo que decimos necesitar: energía, alimentos, minerales críticos, estabilidad política y un espejo cultural donde Europa se reconoce. No, no se trata de bajar estándares. Se trata de no usar los estándares como trincheras que nos aíslan del mundo real.
El procedimiento de urgencia está activado. Antes de Navidad, señores líderes de la UE, ustedes tienen la oportunidad —y la responsabilidad histórica— de demostrar que Europa no se resigna a ser una potencia normativa encerrada en sí misma, sino un actor global capaz de jugar en serio.
Mercosur es hoy el examen de madurez de la UE. O lo aprobamos, o nos quedamos repitiendo curso mientras Washington y Pekín escriben las reglas de las alianzas con los países Iberoamericanos, con los que Europa tiene mucho más en común culturalmente y con quien debería asociarse estratégicamente.
La pregunta es simple: ¿queremos seguir siendo relevantes a nivel global o queremos simplemente ser efectivos en la aplicación de nuestros complejos procedimientos, concebidos para la defensa de los intereses nacionales más que para el interés común de los europeos?
La respuesta no está en un informe. Está en la capacidad de llevar a cabo esta alianza por parte de los líderes que nos representan.
Por: María José R. Carbajal / Prof. Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales.
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