
Hay una pregunta que cada vez más personas se hacen en silencio y comparten conmigo en consulta, sobre todo cuando ya han alcanzado metas que antes soñaban:
Tengo trabajo, pareja, estudios, metas, comodidades, incluso fe… ¿por qué sigo sintiendo un vacío? ¿Por qué, si creo en Dios, no me siento pleno?
Y lo primero que les digo es esto:
Este vacío no es un error en ti, ni una falla en tu fe. Es una señal.
Una señal de que dentro de ti hay una dimensión que no se llena con cosas… porque no fue creada para eso.
El vacío que no se ve, pero se siente.
Muchas personas creen que el vacío es tristeza, depresión o falta de motivación. Pero no siempre. A veces el vacío se siente incluso en medio de la abundancia.
Puedes estar en una casa bonita, tener una vida estable, reconocimiento, relaciones, logros…y aun así sentir que algo falta.
Ese vacío no habla de lo que no tienes…habla de lo que has dejado de ser.
Tener no es lo mismo que ser.
La sociedad nos ha entrenado para creer que el valor personal se mide por lo que logramos:
-Títulos
-Dinero
-Posesiones
-Pareja
-Imagen
-Viajes
-Éxito profesional
Y sí, todo eso tiene valor. Pero no tiene alma. Porque el error fue confundir el tener con el ser.
Cuando basas tu identidad en lo que tienes,
te vuelves esclavo de no perderlo.
Y cuando vives con miedo…
no puedes vivir en plenitud.
Cuando llenamos la vida de cosas, vaciamos el alma
Muchas personas, sin darse cuenta, llenan sus días de:
-Trabajo
-Redes
-Compras
-Rutinas
-Distracciones
-Relaciones superficiales
Pero mientras más llenan su agenda… más vacían su interior.
Porque cuando todo se centra en afuera, se pierde la conexión con la Fuente.
No porque Dios se aleje,
sino porque dejamos de escucharlo.
Y cuando nos desconectamos de Dios…
inevitablemente nos desconectamos de nosotros.
El ego y sus máscaras.
El ego nos ofrece una identidad falsa basada en:
-Imagen
-Apariencia
-Estatus
-Reconocimiento
-Comparación
Y poco a poco nos ponemos máscaras:
-La del fuerte
-La del exitoso
-La del que todo lo puede
-La del que no siente
-Pero el alma se cansa de actuar.
-Y llega un momento en que susurra:
“¿Quién eres tú sin todo esto?”
Y si no sabemos responder, aparece el vacío.
Parejas sin conexión, logros sin paz
Hoy vemos muchas personas con:
Parejas, pero sin conexión emocional
Éxito, pero sin paz interior
Metas logradas, pero sin propósito
Placer constante, pero sin felicidad real
Porque confundimos placer con plenitud.
Dopamina barata vs. felicidad verdadera
El mundo de hoy nos ofrece dopamina rápida:
–Likes
-Compras
-Pornografía
-Exceso de estímulos
-Entretenimiento constante
-Es una felicidad momentánea, química, superficial.
Pero ese placer pasa…y el hueco vuelve.
Cuando el valor se basa en los logros.
El gran programa mental que nos implantó el ego es este:
«Vales por lo que logras».
Y entonces:
Si fracaso, no valgo.
Si no logro más, soy menos.
Si pierdo, me hundo.
Así nace el miedo constante a no ser suficiente.
Un miedo silencioso que genera vacío y ansiedad.
Porque tu valor no está en lo que haces…
está en lo que eres.
Y lo que eres…
no se compra, no se pierde y no depende de nadie.
De niños sentíamos, de adultos nos desconectamos.
Cuando éramos niños:
-Vivíamos en el presente
-Nos asombrábamos
-Sentíamos sin filtros
-Éramos más auténticos
-Nos conectábamos más fácilmente con Dios
Pero al crecer:
-El ego tomó protagonismo
-Nos enseñaron a competir
-Nos enseñaron a compararnos
-Nos enseñaron a demostrar
-Y esa conexión natural se fue apagando.
-Desaprender para volver a conectar
-La solución no es acumular más…sino desaprender.
Desaprender:
-Que tu valor depende de tu éxito.
-Que debes demostrar todo el tiempo.
-Que solo sirves si produces.
-Que, si no tienes, no eres.
Y volver a aprender:
-Que ya eres suficiente.
-Que eres amado.
-Que tu presencia vale.
-Que tu esencia no se negocia.
Volver a la Fuente:
El vacío no se llena con cosas.
Se llena cuando vuelves a casa.
Cuando regresas a tu centro.
Cuando vuelves a Dios.
Pero no al Dios aprendido solo desde el miedo,
sino al Dios experimentado desde la presencia.
Ese Dios que no te ama por tus logros,
sino por tu existencia.
Porque el vacío no es ausencia…
es una invitación.
Una invitación a volver al ser.
A volver al alma.
A volver a Dios.
Y cuando vuelves…
el vacío deja de doler
porque se convierte en espacio para la plenitud.
Para preguntarte:
¿Quién soy sin mis máscaras?
¿Quién soy sin todo lo que tengo?
¿Estoy viviendo desde el tener… o desde el ser?
Porque solo cuando el tener deja de ser tu identidad…
el ser vuelve a habitar tu vida…
Y cuando el ser se reconecta con la Fuente…
con Dios…
el vacío empieza a llenarse…
no de cosas…
sino de sentido.
“En paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.” Salmos 4:8 (RVR1960)
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