

CÓMO EL PENSAMIENTO NEGATIVO REPROGRAMA EL CEREBRO.
Desde la perspectiva de la neurociencia, la queja es una respuesta cognitiva y emocional repetitiva ante una percepción de insatisfacción o malestar, que activa los mismos circuitos neuronales del estrés y el peligro.
Aunque parezca inofensiva, la queja constante se convierte en un hábito cerebral: una forma de pensamiento automático que reconfigura las conexiones neuronales para enfocarse en lo negativo, reduciendo la capacidad del cerebro de percibir bienestar, gratitud y calma.
En términos simples, el cerebro aprende a quejarse, y mientras más lo hace, más se fortalece esa red. Como todo hábito neuronal, lo que se repite se refuerza.
Causas de la queja.
- Sesgo de negatividad natural: El cerebro humano está diseñado para detectar amenazas y peligros (reales o simbólicos). Este mecanismo de supervivencia hace que prestemos más atención a lo que “falta” o “no funciona” que a lo que sí está bien.
- Falta de autorregulación emocional: Cuando no se gestionan las emociones, la queja surge como una válvula de escape. Se convierte en una forma inconsciente de liberar frustración, ira o tristeza.
- Condicionamiento social: Vivimos en culturas donde quejarse puede ser una forma de conexión social (“todos nos quejamos del trabajo, del clima, del gobierno”), lo que refuerza el hábito colectivo de la queja.
Incapacidad de enfocarse en soluciones:
- La queja perpetúa el problema porque se concentra en lo que no se puede controlar, en lugar de redirigir la atención hacia lo que sí puede cambiarse.
- Carencia de propósito y gratitud: La mente sin dirección busca estímulos para justificar su malestar. Cuando no hay sentido o reconocimiento del presente, la queja se convierte en una forma de llenar ese vacío.
Consecuencias neuropsicológicas de la queja
- Reconfiguración neuronal negativa: Cada vez que te quejas, fortaleces los circuitos cerebrales del estrés, el juicio y la insatisfacción. Es como si tu cerebro “ahorrara energía” creando una autopista hacia la negatividad.
- Liberación de cortisol y estrés crónico: La queja activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, elevando los niveles de cortisol (hormona del estrés). Con el tiempo, esto afecta el sistema inmunológico, cardiovascular y digestivo.
- Reducción de la plasticidad cerebral: La exposición constante a pensamientos negativos reduce la flexibilidad mental y la creatividad. El cerebro deja de buscar alternativas y se queda anclado en la queja como único modo de procesar el mundo.
- Contagio emocional: Las neuronas espejo hacen que las emociones se transmitan fácilmente entre personas. Quejarse no solo afecta a quien lo hace, sino que también contamina emocionalmente el entorno.
- Deterioro de las relaciones y del bienestar social: Las personas que se quejan en exceso son percibidas como agotadoras, y esto genera aislamiento, baja empatía y pérdida de vínculos saludables.
Importancia de evitar vivir desde la queja.
Vivir desde la queja es vivir desde la escasez. La neurociencia ha demostrado que los pensamientos negativos sostenidos reducen la actividad del lóbulo prefrontal izquierdo, área relacionada con la motivación, la toma de decisiones y la alegría.
Evitar la queja no significa negar la realidad, sino cambiar el enfoque de reacción a comprensión, de victimismo a responsabilidad.
Cuando elegimos no quejarnos, activamos nuevas rutas neuronales asociadas con la resiliencia, la gratitud y la creatividad. El cerebro aprende a percibir oportunidades en lugar de amenazas.
Medidas de afrontamiento según la neurociencia.
- Reentrenar el pensamiento consciente: Observa tus pensamientos sin juzgarlos. Cada vez que detectes una queja, cámbiala por una pregunta: “¿Qué puedo aprender o hacer diferente en esta situación?”
- Practicar la gratitud diaria: Escribir tres cosas por las que te sientes agradecido activa los circuitos de dopamina y serotonina, equilibrando el sistema emocional y reduciendo la necesidad de quejarse.
Respirar y regular el sistema nervioso:
La respiración consciente activa el nervio vago, ayudando a reducir la respuesta de estrés y a restaurar la calma interior.
Elegir el silencio o la acción:
Si algo no puede cambiarse, acepta y suelta. Si puede cambiarse, actúa. Quejarse no transforma nada; actuar sí.
Rodearte de personas conscientes:
El entorno moldea el cerebro. Acércate a personas que promuevan soluciones, esperanza y visión positiva. Las emociones se contagian, y la serenidad también.
La queja, un eco del alma que pide transformación.
La queja no es solo una reacción emocional; es una vibración energética y neuronal que expresa un conflicto profundo entre lo que es y lo que desearíamos que fuera. Cada vez que nos quejamos, el cerebro emite una señal de resistencia: una especie de “no aceptación” ante la realidad presente. Pero esa resistencia, mantenida en el tiempo, se convierte en una carga que no solo desgasta la mente, sino que drena la energía vital del cuerpo y del alma.
Desde la neurociencia, sabemos que el cerebro no distingue entre una amenaza real y una percibida. Así que cuando te quejas, tu sistema nervioso entra en estado de alerta, como si estuvieras enfrentando un peligro. El corazón se acelera, los músculos se tensan, y el cortisol (la hormona del estrés) se libera. Si esa reacción se repite cada día, tu cuerpo empieza a vivir en modo supervivencia, incluso en ausencia de peligro.
La queja se vuelve entonces un hábito biológico: una autopista neuronal hacia la insatisfacción. Sin embargo, lo más doloroso no es lo que genera afuera, sino lo que te roba por dentro: la capacidad de asombro, la gratitud, la calma, el gozo. La queja te desconecta del presente y te mantiene atrapado en un circuito cerrado donde nada cambia, porque todo se repite.
El poder de cambiar el enfoque.
Transformar la queja no significa negarla o forzarte a pensar en positivo. Significa observarla con conciencia. Preguntarte: “¿Qué parte de mí no se siente escuchada o vista?” Porque detrás de toda queja hay un mensaje: una necesidad no expresada, un miedo no atendido, una emoción que pide ser comprendida. El verdadero trabajo no es callar la queja, sino traducirla. Pasar del lamento al entendimiento.
Por ejemplo:
“Estoy cansado de este trabajo” puede transformarse en “Mi cuerpo y mi mente están pidiendo un cambio o un descanso.”
“Nadie me escucha” puede transformarse en “Necesito aprender a comunicarme desde la calma y la autenticidad.”
“Todo me sale mal” puede transformarse en “No estoy alineando mi energía con lo que realmente deseo crear.”
El cambio comienza cuando transformas el juicio en observación, la queja en conciencia, la impotencia en acción.
Neuroplasticidad: el milagro del nuevo pensamiento.
El cerebro es un órgano de esperanza.
Gracias a la neuroplasticidad, cada pensamiento nuevo tiene el poder de generar una nueva ruta neuronal. Cuando eliges observar la vida con gratitud, compasión o aceptación, estás literalmente reprogramando tu cerebro.
Las conexiones viejas (aquellas que sostenían la queja y el miedo) se debilitan, mientras que las nuevas (asociadas a la calma, la claridad y la resiliencia) se fortalecen.
Con el tiempo, el cerebro comienza a buscar espontáneamente lo positivo, lo constructivo, lo que nutre. Ya no reacciona desde la defensa, sino desde la presencia.
Así, el mismo órgano que antes te mantenía atrapado en la frustración, se convierte en el puente hacia una conciencia más elevada.
De la queja a la creación.
La queja y la creatividad nacen del mismo lugar: del deseo de transformar una realidad. La diferencia está en la energía con que se aborda.
La queja se queda en el problema; la creatividad actúa sobre él.
Por eso, cuando logras transformar la queja en intención, estás haciendo alquimia emocional: transmutas lo denso en luz, lo reactivo en creativo, lo que te limita en lo que te libera.
Vivir sin quejarte no significa vivir sin dolor, sino aprender a ver en el dolor un maestro. Significa que, en lugar de repetir “¿por qué me pasa esto?”, eliges preguntar “¿para qué me pasa esto?”
Esa pregunta abre portales de conciencia, porque te mueve del juicio a la comprensión, del bloqueo a la posibilidad.
Una mente agradecida crea realidades luminosas.
Cuando practicas la gratitud, el cerebro libera dopamina y serotonina, los neurotransmisores del bienestar. Tu sistema nervioso se regula, tu percepción se amplía y el cuerpo se relaja.
De pronto, donde antes veías obstáculos, comienzas a ver caminos. Donde antes había quejas, ahora florecen palabras de gratitud. Donde antes sentías peso, ahora hay ligereza.
La gratitud no borra las dificultades, pero cambia la frecuencia desde la cual las vives. Y cuando cambias tu frecuencia, cambia también tu realidad. Tu entorno responde a tu energía, no a tus palabras. Si eliges vibrar en gratitud, tu cerebro lo aprende, tu cuerpo lo siente, y el universo lo refleja.
El silencio que sana
Tal vez la próxima vez que estés a punto de quejarte, puedas respirar y guardar silencio. No un silencio de resignación, sino de observación.
En ese instante, algo dentro de ti empieza a reorganizarse. Tu sistema nervioso se calma, el corazón se abre, y la mente se aquieta.
Ese momento es oro puro para tu cerebro: es el espacio donde la conciencia reemplaza la reacción, donde el alma toma la palabra y donde el cuerpo comienza a sanar.
“Cada vez que eliges no quejarte, estás eligiendo libertad. Cada vez que agradeces, estás reescribiendo tu biología. Y cada vez que observas en lugar de reaccionar, estás despertando a una nueva versión de ti mismo.”
La queja es un eco de lo que no hemos comprendido aún. Pero la gratitud… La gratitud es la melodía de una mente en paz con la vida.
Y cuando el cerebro aprende a vibrar en esa melodía, la existencia entera comienza a armonizar contigo.
«Háganlo todo sin quejas ni contiendas, para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas en el mundo, manteniendo en alto la palabra de vida». Filipenses 2:14-16 (NVI)
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