Marzo, abril, mayo… ¿por qué no todos los meses del año llenos de música? Es como si el autor nos invitara a imaginar un mundo donde cada día esté impregnado de melodías, ritmos y armonías que nos conecten con lo más profundo de nuestra humanidad. Y es que la música, según lo que se desprende de estas líneas, no es solo un arte o un entretenimiento: es una expresión primigenia, un lenguaje universal que nació con nosotros, quizá incluso antes que la palabra.
La idea de que la música pudo ser uno de los primeros signos de socialización es fascinante. Imaginemos a los primeros humanos imitando los sonidos de la naturaleza, creando ritmos con sus cuerpos o con objetos rudimentarios. En ese acto, no solo estaban comunicándose; estaban construyendo comunidad, dando forma a un lenguaje que trasciende las palabras. Porque, como bien se menciona, incluso la palabra más antigua pudo haber nacido con entonación, con música en su esencia.
El texto nos lleva a reflexionar sobre la conexión entre la música y lo divino. ¿Es acaso la música una manifestación tangible de la inteligencia creadora? Según el autor, la música está en el corazón mismo de Dios, en su Palabra creadora. Es una imagen poderosa: un Dios que no solo habla, sino que canta al universo para darle forma, para llenarlo de vida y belleza. La música, entonces, no es solo humana; es divina.
Y si pensamos en la música como algo que trasciende lo material, encontramos que está en todas partes: en el murmullo del viento, en el zumbido de una abeja, en el latido constante de nuestro corazón. La música no se limita a géneros o estilos; es una esencia que permea todo lo que existe. Pero hay un lugar donde no puede habitar: un corazón cerrado al amor y al perdón. Esa imagen es estremecedora. Un corazón sin música es un corazón sin esperanza, sin Dios.
La Cuaresma se presenta aquí como una oportunidad para sintonizarnos nuevamente con esa música divina. No se trata de melodías celestiales o coros angelicales; se trata del perdón, esa música silenciosa pero transformadora que nos reconcilia con nosotros mismos y con los demás. El autor nos recuerda la parábola del hijo pródigo, donde el regreso del hijo perdido se celebra con una alegría tan grande que podría describirse como música hecha vida: el abrazo del padre, la fiesta en casa, el renacer de una relación rota.
En estas reflexiones encontramos una invitación a escuchar más allá de lo evidente, a descubrir la música que late en todo lo creado y en nuestro propio interior. Porque al final, la música no es solo sonido; es conexión, es amor, es vida.
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