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Todas las historias que escuché me hicieron comprender que estos soldados no son a prueba de balas, ni tampoco sus corazones son de acero. Ellos ríen, cantan, sueñan y sufren. Tienen miedo. Proceden de los lugares más pobres y olvidados del país: del campo, de las comunas y hasta de las pandillas.
Algunos de ellos llegaron a ese lugar debido a una ‘redada’ del Ejército, que los cazó en las esquinas de sus barrios sin darles tiempo para despedirse de sus seres queridos. Otros se vieron obligados por las leyes de una guerra que asola el campo colombiano, forzándolos a tomar un bando. Y unos pocos lo hicieron por decisión consciente, sintiendo la necesidad de defender a su Patria.
Entre las historias conmovedoras, está la del soldado Arias, quien creció en un rancho humilde de guadua y cartón en el Distrito de Aguablanca en Cali. Nunca podrá olvidar el día en que una mina le voló las piernas a su mejor amigo: «No merecía morir. Solo estaba allí por cumplir con el servicio militar obligatorio. Tenía tan solo 18 años». O la del soldado Parra, quien confesó en voz baja que en cada combate se orinaba en los pantalones. Venía del norte del Cauca, de una zona cercana al Naya, de donde huyó cuando los paramilitares acabaron con toda su familia y amigos. «No tuve otra opción que la guerra», me dijo con tristeza.
El soldado Vásquez tampoco tuvo elección. Pasó de cargar bultos en la plaza de mercado de Buenaventura a enrolarse en las filas del Ejército. Su familia pasó hambre después de que un vendaval se llevó su casa. La única estabilidad laboral que pudo encontrar fue portar un fusil.
Vásquez dormía con sus compañeros bajo tierra, como topos. Los menos de cinco grados de temperatura cerca del nacimiento del río Magdalena le hacían sentir que sus huesos se congelaban. Lloró porque su madre había fallecido hace unos días y no pudo asistir al funeral. «El soldado no puede ver nacer a sus hijos ni despedirse de sus padres», me confesó.
Conocí también a Jonathan, a quien le gustó que lo llamaran así en lugar de Camayo. Decidió quedarse en la cocina del cuartel porque le tenía pánico a las armas. Cocinar era su mejor estrategia para sobrellevar los meses que le faltaban para regresar a Popayán, terminar el bachillerato e ingresar a la Universidad del Cauca. Su sueño era estudiar psicología.
Con tristeza, relató los maltratos que habían presenciado tanto por parte de sus superiores como de sus compañeros dentro del ejército. El maltrato, según él, comenzó desde el penoso examen médico, donde le manosearon de manera humillante.
Al volver a la redacción del diario, escribí en detalle cada una de estas historias. Cuando el reportaje fue publicado en la edición dominical, un general furioso me llamó pobres para reprocharme que había entrevistado a los soldados «más y más gamines». Le respondí enfáticamente que estaría encantado de entrevistar a un soldado de estrato cinco si existiera algún dispuesto. Aunque en realidad, todos sabemos que los únicos que van a la guerra son los pobres, mientras que los poderosos disponen de sus vidas en cócteles y clubes en Bogotá. Sus hijos no van a la guerra, de hecho, muchos ni siquiera viven en Colombia.
Es doloroso constatar que el servicio militar obligatorio solo aplica a los más desfavorecidos. Y es aún más triste que para ellos sea obligatorio morir en una guerra que no es suya
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
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