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El trágico impacto en México del auge de la heroína en los EE.UU.

Las milicias ciudadanas encarnan la defensa pública contra el mando de los narcotraficantes. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post

Las milicias ciudadanas encarnan la defensa pública contra el mando de los narcotraficantes. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post

En esta agitada ciudad en la autopista de la heroína de México, los civiles llevan escopetas oxidadas y revisan debajo de los coches para contribuir a la defensa pública. La policía fue disuelta unos años atrás. Hace poco el alcalde recibió una amenaza de muerte y huyó en el helicóptero del gobernador.

El peligro realmente comienza a envenenar las vidas de las personas allí donde la Carretera Federal 51 desciende de las colinas y se dirige hacia el oeste en dos carriles solitarios por el suelo quemado del valle. Los jefes de la droga conocidos como El Tequilero y El Pez gobiernan como señores feudales, en guerra entre sí y con los grupos de vigilantes que se les enfrentan. A los residentes se los secuestra en grupos. Los cadáveres torturados se arrojan al valle o se dejan sobre el pavimento caliente mientras se queman.

La epidemia de opioides que causa tanto dolor en los Estados Unidos también devasta México y contribuye a quebrar el orden en zonas rurales. La heroína es como los esteroides para las bandas de la droga: bombea dinero y músculo en su lucha por controlar los territorios y las rutas de transporte.


México provee más del 90% de la heroína de Estados Unidos, un aumento a partir de menos del 10% en 2003, cuando Colombia era el principal suministrador. La producción de amapolas se ha expandido alrededor de un 800% en una década debido al aumento de la demanda. El estado de Guerrero es el centro de este negocio: produce más de la mitad de las amapolas reales o adormideras, el ingrediente esencial de la heroína. Guerrero también se ha convertido en el estado más violento del país, con más de 2.200 asesinatos el año pasado.

Unos soldados mexicanos patrullan un campo de adormideras en Iyotla, México, en busca de miembros del cártel. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post

Unos soldados mexicanos patrullan un campo de adormideras en Iyotla, México, en busca de miembros del cártel. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post

 

"Estos grupos se han transformado en un poder super-criminal", dijo Ricardo Mejía Berdeja, jefe del Comité de Seguridad del Congreso estatal de Guerrero. "El ancla del crimen organizado es la adormidera".

Guerrero ha producido marihuana y amapolas durante décadas. Pero el crimen organizado solía estar más organizado, con un cártel principal en el estado que pagaba a la policía y los funcionarios para mover las drogas con tranquilidad. El creciente negocio de la heroína alentó el surgimiento de nuevas bandas de traficantes de armas, lo que a su vez provocó el crecimiento de las milicias ciudadanas.

A lo largo de un tramo de 110 millas de la Carretera Federal 51 en la zona conocida como Tierra Caliente, debajo de las laderas revestidas de amapolas en las montañas de la Sierra Madre del Sur, la diferencia social es evidente. En los últimos meses han cerrado más de 200 escuelas por las huelgas de los maestros que protestaron contra el crimen desenfrenado. El ejército mexicano se mudó a un pueblo para quitarle el control a una milicia civil que amenazaba a una población cercana.

"Es una tierra sin ley", dijo un empresario que opera en la región.

Nicolas Bartolo evitó la Carretera Federal 51 en la ciudad de Tlapehuala y se dirigió hacia el sur por un camino de tierra en medio de maizales muertos. Es la temporada de sequía y las columnas de humo nublan el cielo: los agricultores queman sus tierras para volver a sembrar.

"Solíamos ser libres aquí", dijo.

Bartolo trabaja en la construcción y toca la guitarra en la banda La Leyenda, que va de gira por los pueblos de Tierra Caliente. Casi todo el mundo en el lugar está obligado a lidiar con las bandas de narcotraficantes, que se han diversificado hacia la extorsión, el secuestro y el robo simple. En los lugares donde trabaja Bartolo los pistoleros han robado camiones y un generador de energía solar para usar en las montañas de amapola. El empleador de Bartolo debe pagar a un cártel al menos USD 300 por mes por cada pieza de maquinaria pesada —como excavadoras y retroexcavadoras— que se usa en un proyecto. Si la empresa no paga, corre el riesgo de nuevos robos o ataques.

Poco a poco estos grupos criminales asfixian la economía de la región. Los comerciantes aseguran que los vendedores ambulantes de mangos, pepinos y otros productos deben pagar a los cárteles —alrededor de USD 5 centavos— por cada kilo que venden. Los restaurantes que buscan carne de pollo deben comprársela a los proveedores que indican las pandillas.

Por kilo, la heroína es más lucrativa que la cocaína, y más fácil de transportar a los Estados Unidos desde el punto de vista logístico. A diferencia de la cocaína, que se origina en Sudamérica y los extendidos cárteles mexicanos la transportan, la heroína se hace justo allí.

Uno de los cárteles más poderosos en Tierra Caliente es La Familia Michoacana, que desciende de una organización criminal que hace más de una década se presentó en sociedad al hacer rodar cabezas cortadas en el piso de un club nocturno. Su líder es Johnny Hurtado Olascoaga, El Pez, y su base de operaciones está en Arcelia, una ciudad de la Carretera Federal 51. En 2012, uno de sus mejores pistoleros, un hombre de bigotes llamado Raybel Jacobo de Almonte, El Tequilero, se separó y formó su propia red criminal en las afueras de San Miguel Totolapán, a unos 15 kilómetros de distancia.

En algún momento el cártel Beltrán Leyva controló a los criminales de la región. Desde que se debilitó, los grupos de narcotraficantes se han sentido cada vez más libres de diversificarse hacia secuestros y extorsiones. "Lo intentan una vez, se salen con la suya, ganan dinero y lo hacen de nuevo", asegura Chris Kyle, antropólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham, experto en Guerrero.

A pesar de que los militares la erradican regularmente, y de la fumigación aérea, la producción de opio en México está en auge, impulsada por la demanda de los Estados Unidos. El número de personas que consumen heroína casi se triplicó de 2007 a 2014, según informó el año pasado la Administración para el Control de Drogas (DEA), parte de una epidemia de opiáceos que también incluye el abuso de medicamentos recetados.

En 2005 los agricultores mexicanos plantaron cerca de 8.000 acres (casi 3.240 hectáreas) de adormidera; una década más tarde, el número había crecido hasta 69.400 acres (casi 28.100 hectáreas), según las últimas cifras de las Naciones Unidas.

Un kilogramo de goma de opio que los narcotraficantes compran a los agricultores empobrecidos puede rendir ganancias de USD 800. Después que se lo procesa en las cabañas de la montaña, un kilogramo de heroína blanca de alta calidad puede venderse por USD 50.000 en las calles de Chicago, según autoridades estadounidenses.

Para proteger sus cultivos y sus laboratorios de heroína, las bandas de drogas en Guerrero emplean observadores que identifican a los visitantes desconocidos en la zona, y construyen sus propios puntos de control en los caminos secundarios.

Los soldados mexicanos patrullan los puestos de control, pero los pobladores sienten que los grupos criminales los superan. Las accidentadas colinas del estado, la mala red vial y los funcionarios locales corruptos hacen el trabajo más difícil.

"No hay un ejército en el mundo que pueda operar con éxito en esta área", confiesa el teniente coronel Juan José Moreno Orzua, subjefe y portavoz de la Zona Militar 35ª.

Una batalla armada entre los dos carteles duró horas y dejó ocho muertos. Tres días más tarde, cientos de soldados y de policías estatales hicieron una entrada triunfal en San Miguel Totolapán para desarmar a la milicia. Pero a los residentes les quedaba poca fe en el gobierno. Se lanzaron a las calles, incendiaron camiones y neumáticos, arrojaron piedras a las autoridades, que respondieron con gas lacrimógeno.

El ejército se las ha arreglado para mantener el control del pueblo. Pero El Pez y El Tequilero siguen libres. Y en la Carretera Federal 51, la heroína que alimenta la violencia sigue su camino hacia el norte.

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